November 27, 2011 por Agueda Pallares
Comentarios (3)
Isabel miró el reloj de la pared iluminado por la luz de la luna y se dijo para sí misma—Es medianoche y no puedo dormir—Se volteó sobre sus almohadas de suave lino blanco y cerró los ojos en un último intento por dormir—Si no puedo alcanzar el sueño en diez minutos me levanto y salgo a caminar por el jardín—Pensó.
Isabel decidió levantarse, le molestaban las almohadas calientes y el peso de las mantas sobre sus pies. Se puso el salto de cama blanco que estaba tirado sobre el sillón de cuero claro, al pie de la cama y salió hacia el exterior por la puerta que estaba entreabierta—Mejor, así no hay chirridos y nadie se despertó, se dijo.
La noche estaba bañada de luz de luna y los picos de las montañas parecían gigantes azules recortados sobre el horizonte. Era un espectáculo hermoso pero a ella le pareció inquietante el silencio que reinaba en el jardín de la finca y le asustó el ruido que hacían sus zapatillas sobre las piedras del camino que decidió recorrer. Alcanzó la banca de piedra y se sentó en ella, junto a los floripondios que resplandecían como concha nácar y parecían llamarla con su perfume perturbador.
Isabel alzó la vista hacia el cielo y sintió las lágrimas rodando por sus mejillas al recordar a Julian y le pareció sentir sobre el cuello sus besos ardientes. Movió sus manos como para acariciarlo y casi como un milagro sus dedos se enredaron entre el pelo castaño y sedoso de Julian. Lo vio con tal claridad que se levantó y se dejó caer entre sus brazos, el floripondio se agitó y él le acarició los senos con sus manos fuertes. Se besaron largamente, sin prisas y ella le pidió que se la llevara lejos, donde nadie pudiera intervenir en su relación, él le contestó:
—Isabel, sabes que es imposible. Tus padres jamás permitirán que yo te lleve conmigo, no les gusta mi familia ni la vida que llevo, te quieren encerrada junto a ellos.
—Pero si huimos nadie podrá hacer nada—Suplicó ella.
—En este país? Nos encontrarían a la vuelta de la esquina, tu padre pediría al Ministro de Defensa que coloque guardias a lo largo y ancho del territorio nacional—Le contestó él mientras la sujetaba con ternura porque la sintió temblar.
Isabel creyó haber escuchado aquellas frases un millón de veces a lo largo de su vida y quiso decir algo, hacer un esfuerzo para que cambiara el curso de la conversación, pero no pudo evitar el decir:
—Y tú, qué harías si te vieras sin mi, si tuvieras que hacer una vida lejos porque te obligaran a ello, dime qué dirías—No pudo cambiar las palabras y escuchó la respuesta de siempre:
—Si me dijeran ¡¡pide un deseo!! preferiría ser escarcha, tan fría, tan brillante y sin un corazón para sentir dolor. Sí... definitivamente, quiero ser escarcha .
Ella sintió que su cuerpo se convertía en granos de arena dentro de una tormenta de polvo negro que la cegó, y entonces escuchó so voz que resonaba con el viento:
—Siempre fuiste escarcha fría, sin corazón. Me abandonaste con este cuerpo que desfallece sin el tuyo.
A la mañana siguiente, la cocinera de la finca salió hacia el gallinero a recoger huevos frescos para el desayuno cuando le pareció ver algo tirado sobre el adoquinado. Se acercó con el corazón temeroso y entonces encontró a la anciana doña Isabel, la tía solterona de la familia que yacía muerta bajo el floripondio.
En realidad muy hermoso, voy a estar muy ocupada leyendo sus cuentos. Qué bueno compartir una literatura exquisita. Gracias.
Emma Capelo hace 177 días
Gracias Emmita y Diego, trataré de subir más y escribir más
Agueda Pallares hace 177 días
Diego Darquea
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Excelente me encanta seria bueno que suba los demas cuentos que tiene
Diego Darquea hace 177 días